lector.jpg (5454 bytes) Cuba, o la dictadura de la democracia

(Reseña de Desventuras del paraíso, melodía cubana de Eric Orsenna)

 

Es una paradoja inmanente de la democracia moderna: ser tan abierta a todas las voces de la sociedad que incluso pueda contener a las que persiguen otro sistema político. Por supuesto, esta es la discusión a nivel teórico. Basta con que una de estas voces opositoras empiece a tomar fuerza para que sea silenciada. Esto lo conoce en la práctica cualquier democracia (pre-pos) moderna. El ejemplo más concreto, global para hablar en términos contemporáneos, es Cuba. Además de soportar una dictadura interior de varias décadas, debe padecer también la dictadura que en nombre de la democracia ejerce la potencia mundial sobre ella.

Los cuadros de la vida cotidiana cubana que nos regala Orsenna hablan, sin proponérselo, de la solidaridad entre latinoamericanos, entre pueblos hermanos, pisoteada por la posición unilateral de los Estados Unidos de acorralar la isla. Orsenna narra imágenes de vigilantes en el puerto que esperan la llegada de algún barco que traiga auxilio del exterior, de granjeros urbanos que crían su propio alimento en las salas y baños de sus casas, de campeones olímpicos que entrenan con un tesón único en condiciones adversas, de una Cuba que aprendió a vivir de nuevo en las condiciones del siglo XVIII.

Mientras que diariamente todos los gobiernos democráticos de América Latina tratan de convencer a sus habitantes de que la apertura económica es el único camino para integrarse con éxito al mercado globalizado de la actualidad, de la necesidad de entrar como bloque económico al siglo XXI para ser competitivos, reina un silencio similar sobre Cuba.

Tímidamente los mismos gobernantes proapertura emiten un comunicado sobre la necesidad de anular el embargo, pero no toman medidas efectivas, no hacen ningún esfuerzo por hablar y decidir con voz propia en el concierto internacional cómo ejecutar otra política, más humanitaria y solidaria, ante el desconcierto internacional que produce la (im)posición global sobre la isla.

¿Cuántos años más de arrogancia ilustrada habremos de soportar para darle una mano a Cuba? ¿Cuántas décadas tomará convencer a los policy-makers de los Estados Unidos que a estas alturas existen otros métodos para promover cambios, que la política —y más aún la democracia— es en esencia un arte para el bienestar del ser humano y no de determinado sistema político? Abiertamente propongo a todas las personas sensibles ante la situación cubana empezar a pensar formas que nos permitan ayudar a los cubanos, así directa o indirectamente desafiemos la política unilateral estadounidense. ¿Cómo es posible que lo que pomposamente se llama Occidente siga haciendo estudios sobre la ética dialógica o comunicativa mientras aplasta con una política monológica a los cubanos? ¿Acaso la idea es sitiarlos hasta que desfallezcan de hambre? ¿Acaso la idea es repetir ese ritual de los indígenas caribe que al invadir la isla gritaban Ana carina roto, «sólo nosotros somos gente» por allá antes del descubrimiento de América? Quizás este es otro de los rasgos más característicos de América: que todavía faltan muchas cosas por descubrir.

Y luego de este pronunciamiento nacido del sentimiento de indignidad que produce la dictadura democrática aceptada por Occidente respecto a Cuba, valga resaltar el texto de Orsenna diciendo que es un narrador nato, que su melodía cubana —como subtituló su libro de viajes por Cuba— es un canto auténtico sobre la cotidianidad de los cubanos, que la única traición de la traducción de Gabriel Restrepo es precisamente no ser traidora y que la obra se lee en una tarde o una noche, es decir, en el tiempo habitual que toma cualquier evento musical. Las fotografías de Bernard Matussière merecen un comentario aparte. El lector o la lectora que se paseen por sus páginas fácilmente lo comprenderán así.