Los lectores hispanohablantes conocen al filósofo alemán Sloterdijk  por la célebre revista El Paseante, de Ediciones Siruela, donde le publicaron apartes de su volumen hoy ya clásico, Crítica de la razón cínica.  El libro llegó poco tiempo después en dos tomos con un prólogo más bien flojo de Fernando Savater. Lo importante es que anunció una agudeza irreductible y un deseo de no usar palabras que no fueran comprendidas por amplios públicos -lo que le dio garantía de popularidad, pero también demostró que era capaz de actos de comunicación verdaderamente eficaces-. 

Apelando al arte y la literatura de comienzos de este siglo que se nos acabó, Sloterdijk logró, con referencias a Duchamp, Man Ray y Musil, proponer al cínico como estandarte de la razón, que llama a la sensibilidad y a su razón de perro como la única posible: después de la caída en la alienación, al humano lo único que le queda es el cinismo -de la raíz can, perro-. 

De los discípulos del viejo de la Selva Negra quedan hoy testimonios de su grandeza personal, cruzados por los diferentes silencios, rechazos y enigmas por su posición en los años 30, cuando afirmó que el Führer era el único destino del pueblo alemán. Hay uno de Levinas, el más importante por su condena irreductible a la vez que por su reconocimiento al filósofo; está el silencioso y amante de Hannah Arendt, del cual supimos hace poco, y está el testimonio de Sloterdijk.

Con ocasión de un seminario a los pocos años de la muerte de Levinas, en septiembre pasado, Sloterdijk propuso un documento que llamó el Parque Humano, una respuesta a la Carta sobre el Humanismo, suscitando el debate filosófico de Europa más importante en este momento. La teoría es que si el humanismo fue rechazado por Heidegger en su carta a un filósofo francés en los 60, no fue por un capricho del alemán, sino porque ya se vislumbraba que la educación que estábamos recibiendo y dando los humanos no era buena, en el sentido que dejaba por fuera la verdadera dignidad del hombre, que está en otra parte y que no es la razón occidental, ni son la ciencia y la técnica, sus hijas. La sorpresa por lo sucedido se muestra en la carta de Heidegger, quien puso en tela de juicio todas las proposiciones -incluso la que presuponía su interlocutor acerca de si habría lugar para el humanismo-.

Sloterdijk, recordando todo este ambiente, se propone mostrar hoy que el parque humano, como lo intuyeron Platón y Nietszche, ya está andando, y que es el proyecto de la razón occidental, donde la educación será un desafío, el más grande: existirán dos esferas sociales que ni siquiera se tocarán. Habrá una aristocracia del gobierno, que será la misma de la ciencia, y una plebe, la gente con cuernos de la que habla Platón en La República en boca de un extranjero; a esta gente se le permitirá habitar el parque humano como un zoológico más sofisticado.

Es obvio que a la conciencia bien pensante del momento actual, fin de milenio y otras arandelas, le cae como pedrada en ojo tuerto que el alemán, pleno de vigor y con argumentos muy serios, demuestre que para allá van las cosas y no para el progreso a ritmo igualitario de todos y para todos que nos venden los políticos de profesión, aunque cada vez en voz más baja. Ya se anunciaban estos argumentos en su pequeño libro En el mismo barco, publicado hace 5 años. Ahora que se levantó el debate, las reacciones han sido tan muy variadas.

Sin querer confrontar a nadie, Sloterdijk ha tenido la valentía de mostrar que entre las cosas fantasmales que amenazaban el desarrollo de la humanidad estaba, sin duda, el asunto de la cibernética aplicada a la vida. Cuando Platón y Nietzche, separados por el comienzo y el fin de la metafísica y de la ontología, dijeron que la filosofía era un punto de referencia de los fantasmas de la organización humana -en La República y en La Voluntad de Poder respectivamente- dejaron abierto el campo a la amenaza del poder de los gobernantes o timoneles, pero con el poder de la ciencia y la técnica de su lado, como advirtió Foucault.

Podrían hacer cosas que nos dejarían anulada la voluntad autónoma, en situación de habitantes del parque de diversiones de los experimentadores científicos y los locos postmilenaristas de los laboratorios: ya no produciendo Frankesteins sino meros gorditos asimilados, algo desempleados, con su ración de McHamburger asegurada, mientras la humanidad -quién sabe qué querrá decir esa palabra a estas alturas del partido- se encargaba de seguir con fiereza el desafío de ser la administradora del parque, y hacer uno que otro experimento de vez en cuando (en un zoológico nazi, o en un campo de concentración ídem, como la isla del doctor Moreau de Wells), o como si fuéramos plantas de hace 100 años, cuando comenzaron los cruces del doctor Mendel. 

Lo que no le perdonan a Sloterdijk es su capacidad de desnudar la jerga filosófica sin perder de vista el fondo de la cuestión. Si Heidegger es difícil de leer, en cambio Sloterdijk lo cita sin traicionarlo y nos lo muestra en el problema de nuestra condición de huérfanos y a la vez padres del sentido a la espera del ser, que sólo se revela en el acto poético y en la aclaración del bosque de los símbolos, por decirlo de alguna manera. Pero esa horfandad no nos coge solos, como al comienzo de la historia. Nos coge en el momento más delicado, cuando -como ya lo había advertido Heidegger, buen lector de Platón y de Nietszche- la técnica va a dar un vuelco a la condición humana, desde una forma matemática oculta, pero evidente en la metafísica occidental, que le roba a los entes una capacidad común de ser numerados, contados, olvidando el ser. Algo así.  

La obligación de hacerle frente a la segunda etapa de este fenómeno epocal está ahí. Y mientras Habermas -una especie de enfermero de la asimetría humana- con su preocupación por las condiciones del diálogo insiste en que sin los apósitos por él diseñados (la “horizontalidad”, el “conocimiento de los intereses” y la “transparencia”) no se puede hablar, otros -sin preguntarnos nada- están cambiando la clínica. Sloterdijk lo dice. Y Habermas se enfurece. El debate está encendiendo las cátedras de filosofía y la opinión ilustrada en el mundo entero. Mientras tanto, lleno de suspicacia, Habermas intuye que Sloterdijk es pronazi y el otro le recuerda que la finitud moral de Habermas comienza donde termina su juventud hitleriana, con la intención de crear un debate sobre el verdadero tono moral de la época. Sloterdijk ve tres formas morales: la de los que tienen algo que fundamentalizar (Habermas entre ellos), la de los que tienen en frente el horizonte de las ciencias duras sin horror pero sin mayor entusiasmo, y los jóvenes, a quienes no les importa el debate pero que, a la hora de la verdad, preferirían el parque humano.

El reto no es sólo para filósofos desencantados. La educación humanística y en general la idea de ciencias sociales, economía, etc., queda afectada por el ensayo de Sloterdijk que no tiene más de diez cuartillas. Es hora de que repensemos estos retos, sobre todo en estas sociedades pequeñas donde todo está por hacer y en donde, por lo mismo, se puede hacer distinto.