Nos recuerda Ángel Rama, en un excelente librito publicado por la revista Gaceta de la hoy desaparecida Colcultura, que hay claves para la construcción de una literatura nacional y popular en la obra de García Márquez. Un escritor que se ganó el Nobel de literatura por una actitud ética que se vislumbra en su novela del 55, que le significó comprometerse con el olvido histórico en Cien Años de Soledad (retomando el suceso de las bananeras, que rige la construcción de los tres soliloquios de la novela pequeña) y que culmina en el 75 con El Otoño del Patriarca, esa meditación polifónica sobre el poder. Son veinte años, entre el 55 y el 75, dedicados a decir algo sobre un país que había conocido, recorrido y escrito, como lo atestigua en su volumen Crónicas y Reportajes. Todavía no era una marca de mercadeo sino un autor, que creía en el compromiso con escribir bien, lo que en buen romance se traduce en escribir con la ética, estadio complementario y superior de la estética.

La novelita transcurre en media hora de un miércoles entre las dos y las tres de la tarde de un año como 1934. Tres personas se encuentran consigo mismas frente al cadáver de un médico suicida francés. Por el filtro de los soliloquios adivinamos sus rasgos, vida y características. Como técnica narrativa es admirable: la vida de una persona narrada a través de los ojos de tres personas que ven su cadáver. El fin de la vida de alguien como ocasión para poner a hablar unas historias de vida y de sociedad.

El problema es trágico y la clave es un epígrafe de la Antígona de Sófocles. El pueblo ha condenado al médico a no ser enterrado en el cementerio local como castigo a su negativa a curar a los heridos que deja la masacre de las bananeras. Se han cruzado los atributos: ahora Creonte, el tirano, es el pueblo entero; Polínice es el médico foráneo y el viejo coronel es Antígona. Desentrañando la suma de atributos del médico vemos que hay también un quiasmo. El médico ni come, ni bebe, ni se aparea, ni se reproduce, ni ejerce su profesión, ni se informa, ni muere como la sociedad. El extranjero vive como viviría el nativo sin la labor de la impronta educativa societal y el pueblo vive una incipiente modernidad al castigar al doctor por su insolidaridad. Sentados, estamos esperando que el otro, el que nos visita, nos reconozca, nos brinde la identidad, nos dé cuerpo.

Este ejercicio de atributos cruzados o quiasmos es alarmante: la deducción que se impone como un malestar apenas susurrado al lector es la de que no hay ley que nos gobierne. No hay mores generales sino pares de leyes quiasmadas. Las de los que estaban y las de los que llegan. En la mascarada se agotan nuestras mores. Anomia y heteronomia, muchas leyes y falta de ley se cruzan y nos derrotan. Parece una meditación pesimista sobre lo que nos sucedería en los siguientes 50 años y lo que nos había venido pasando los últimos cuatrocientos. La literatura apostando a descifrar y la sociedad cumpliendo su destino trágico.