Borges I

Con un apellido portugués, que queramos o no, quiere decir ciudadano, habitante del burgo, se volverá el ciudadano del mundo, como ya en  múltiples conferencias lo ha repetido, un poco monotemáticamente, su viuda tardía, María Kodama. Enfrentado a la ciudad europea en sus años de crecimiento volverá a Buenos Aires en los primeros años de los veinte y luego de otro viaje menor a Europa, se encerrara como un Minotauro, en el laberinto de la ciudad y de la inteligencia, durante cuarenta años. Saldrá, luego, a recorrer el ancho mundo y a dejar su huella, erudita y escéptica, en universidades y foros mundiales, donde comenzarán a quererlo y aquerenciarlo, como de su propia familia, en los sitios más lejanos e insospechados. Objeto de culto y de estudios fanáticos, su labor será ejemplar como hombre y como pedagogo de una ética de todos los días.

Logrado, todo lo anterior con la palabra. Emocionado trabajador del lenguaje y de los temas de lo que se llama filosofía pero que él -con sus maestros Macedonio Fernández y Xul Solar- preferiría llamar perplejidades, inicia sus trabajos de tres maneras distintas: con una serie de poemas tempranos que sólo conoceremos por una recolección de Carlos Meneses: es la época de la estancia en Palma de Mallorca, el momento de la inocencia y el entusiasmo. Se burlará de ése sí mismo en el cuento El Otro, muchos años después. Luego es  vanguardista: junto con otros jóvenes ultraístas pretenderá la innovación formal. También se burlará de ese otro. Y luego haciendo un pacto de reconocimiento publicará Fervor de Buenos Aires. En este libro hará un trazado poético de la capital argentina, homenajeará sus calles, sus paseos de joven solitario y el cementerio. Lo más estremecedor de este libro es - como afirmará a lo largo de los sucesivos prólogos que escribe, que ahí están todos sus temas prefigurados y que además le gustan ciertas fealdades de Don Miguel de Unamuno.  Es, como el español, un pedagogo de las relaciones del hombre y la ciudad y a la vez un renovador de la expresión. Lo primero lo logra mediante un reconocimiento de que las calles “son la entraña de su alma”, después dirá “son mi entraña” eliminando alma de la entraña, por redundante y equívoco. Así como elimina alma, eliminará este poema de sus Obras Completas. María Kodama tendrá la bondad de volverlo a introducir en el lugar que le corresponde: como salutación de un mundo para el cual  el poeta habrá “trazado versos” y “desplegado banderas”. Hay algo encarnado y autoobservado en este poema que lo llena de gracia y de liturgia urbana. El segundo poema, primero en otras versiones de las Obras Completas, será al cementerio de La Recoleta. Queriendo significar así una descorporeización. “Convencido de caducidad, confunde la quietud con la muerte”. Es un poema estoico, con varias modulaciones, perfectamente logrado y muy eficaz. Será al final de su vida cuando negará la premonición del poema: allí estarán sus cenizas. No fue así: fue sepultado en la tierra en un cementerio de Ginebra.

 La Recoleta fue para el cadáver errante de Evita Perón, como nos recuerda Tomás Eloy Martínez en alguna de sus novelas sobre la picaresca argentina de tango y cadáveres insepultos garciamarquianos. Borges fue otra cosa y lo subrayó siempre. Su labor fue “trabar en fuertes palabras lo que podría haberse disipado en ternura”.

 

Borges II

Ahora se encuentra ya en posesión de su forma literaria. Se trata de hallar un espacio virtual, el de la biblioteca, desde el cual va a lanzar sus mugidos de Minotauro al mundo.

Tres libros de poesía y una retractación. No quiere que Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza se reediten. Luna de enfrente, un libro menor de grandes logros menores: Jactancia de quietud, Casi Juicio Final y otros que callo, de predilección secreta. Siempre el tema de reconocer la ciudad y abarcar todo el espectro de posibilidades peripatéticas: se enseña mientras se camina. Se aprende igual. Es un soliloquio con reflexiones sobre los cementerios populares y otros temas como los lupanares del Bajo y su amigo suicida López Merino.

La influencia de los expresionistas alemanes será lo más reconocible de esta etapa donde habrá un poema –ese sí desaparecerá para siempre– llamado  JÜDENGASSE , callejuela judía, prácticamente una recreación de los poemas de Heym o Stadler, esos expresionistas que junto con Trakl y Laske-Shuller, serán la flor más rica de los veintes europeos.

Cuando cumple 39 años la situación, en verdad, es difícil. Rodrígez Monegal guarda un herético preguntarse por sí mismo del poeta: “¿Seré ese hombre que se refleja en los cromos de los autos y que lleva a la casa el mate que le dan en la oficina?” Su padre muere. Se golpea la cabeza con un postigo, sufre septicemia. Todo estará enredado y desenredado en El Sur, y en la obsesión estupidizante por la cultura francesa del Ménard. La madre lo consuela, lo cuida y él se deja querer por Estela Canto y María Esther Vásquez. Lo de la primera es chistoso: se llama como un compendio de la Divina Comedia. La segunda lo verá con indulgencia. Lograrán una estupenda entrevista, llena de coquetería masculina y líbido represada. Fragua su futuro mientras se vuelve el más importante escritor de Sur América. Cortázar dirá: “Se plantó en la ensaimada y dijo Babilonia, nadie entendió que decía Buenos Aires.” Vendrán todos los cuentos clásicos, con sus obsesiones barrocas, los de nombre de alfabeto: Aleph y Zahir. Ambos con muerte femenina en el primer párrafo. El Jardín de Senderos... y Tlön. Bifurcándose en planos y planos de felicidad metafísica. Da una conferencia sobre Hawthorne que será la meditación más dura sobre el interior del artista: solo, se fatiga imaginándose parábolas morales;  el Holocausto de la Tierra, glosado por Borges, será el primer cuento ecológico moderno. 

Lo toca todo. La mística oriental y la lírica de occidente, como había anotado Cansinos-Assens, el tío de Rita Hayworth, al verlo en 1920. En 1955, al quedarse ciego y caer Perón, le dan la biblioteca, en un gesto de “magnífica ironía” de Dios. Nueve años más tarde comenzará a viajar. Va a Austin, Texas y a Colombia. Las hermanará en algún poema. “Han cambiado las formas de mi sueño” dirá. Con timidez autoriza la publicación de un libro de poemas: El otro, el mismo, que recoge un recorrido a la manera de Victor Hugo por los famosos más queridos de su alma. Se vuelve un consumado escritor de sonetos. Usa los versos trece y catorce como dísticos pareados, lo que le da otra dimensión a esa forma italiana. Usando el aliento de La Leyenda de los siglos, del francés, hará los poemas de recordación mayor: La Luna, Ariosto y los Árabes, Los Espejos, el Reloj de Arena, El Golem. Combinará prosas poéticas y versos, como Baudelaire, en El Hacedor. Cuando está por cumplir sesenta años siente la presencia de una jovencita en su clase de Anglosajón. Será la descendiente de japoneses María Kodama. El padre de ésta la ha arrullado con historias de guerreros, no de hadas. Esto la hermanará con el admirador de los contrincantes nórdicos, islandeses, suecos, noruegos y hasta escoceses de York.  Enlazará la juventud, lo nórdico, la serenidad y le hará un homenaje  a Colombia: ubicará su historia erótica, mediada por el frío y la imagen, en un protagonista profesor de la Universidad de los Andes. Algo extraño vio en ese lugar donde le habían dado un honoris causa en 1963.

La etapa de su matrimonio formal no es interesante. Lo es más el forcejeo entre la madre moribunda, la Vásquez y la joven Kodama.

Pasa mucho tiempo solo: en un poema YO, dirá: “Más extraño es ser ese hombre que entrelaza/ palabras en un cuarto de una casa/”.

Así podríamos seguir. Lo importante es preguntarse: ¿por qué todos quieren apropiarse su memoria como un emblema de algo, en este final de siglo? En 1970 le quedan 16 años de vida que él ya sabe escasa pero también pródiga, infernal y celestial a un tiempo, como digna de Swedemborg. Aventuro una conjetura: se ocupó del lenguaje en un sentido fuerte. Imaginaba una frase durante varios días y la maduraba con convicción estética y libertad conceptual. Había asumido ciertos consejos alquimistas de Kafka, pero sin agobio, con alivio más bien. Así escribió El Congreso, su cuento más largo y testamento cosmogónico de un hombre bueno que está cansado.