Hacia el siglo XVIII, se terminó de construir el sistema de fuertes que defienden todas las vías de acceso al puerto; El emplazamiento militar contó con unas condiciones excelentes para su ubicación: un conjunto de islas bajas, canales, lagunas, colinas y bahías que ofrecen excelentes condiciones para el fondeo y la defensa. Es evidente que los ingenieros, españoles, italianos y holandeses, nunca subvaloraron el constante asecho de los piratas franceses e ingleses y la amenaza de la corona inglesa sobre las colonias.

De valor evidente e incuestionable, resulta también el carácter colonial de sus construcciones. Las fachadas barrocas de las iglesias, las calles estrechas que protegen de los rayos directos del sol y permiten la fácil circulación del aire fresco que viene del mar, las puertas anchas y pesadas con los marcos en piedra, la tipología de las casas, organizadas en construcciones de dos pisos, máximo tres, con balcones en madera, patios centrales refrescados con aljibes y recorridos de agua, a la manera andaluza, interiores oscuros de altos techos, los miradores, y las plazoletas frente al atrios de cada iglesia. Cartagena posee una identidad definida y armónica que nace de la integración, en su desarrollo urbano, del puerto (carácter mercantil), la ciudad (carácter civil) y la fortificación (carácter militar).

Dominando la bahía, la zona de Getsemaní, que estuvo protegida por la muralla (una parte de la fortificación fue derribada en hacia mediados del siglo XX), era el punto comercial más importante. Donde hoy descansa el Centro de Convenciones se ubicaba el mercado, al lado del muelle. Su arquitectura nos recuerda los pueblos blancos del sur de España, las callejuelas calientes y bulliciosas y el movimiento de los comerciantes. Cartagena recibió multitud de cristianos nuevos y judíos, granadinos y árabes, y constituyó un enclave fundamental en el comercio de esclavos traídos de África. Esto implicaba la presencia de los altos poderes de la iglesia católica y de la Inquisición. Todos factores fundamentales en el desarrollo y consolidación de su lenguaje urbano, y de su herencia cultural y social.

Otras delicias de la arquitectura cartagenera


El Cabrero es el barrio residencial de más tradición, lugar de habitación de Rafael Nuñez, cuyas casas republicanas se conservan en perfecto estado.
El barrio de Manga, sector residencial que se consolidó a principios del siglo XX, presenta bellísimas casonas con un marcado estilo mudéjar. La constitución de los espacios, los mosaicos de pisos y paredes, los arcos, celosías y aljibes, dan testimonio de la herencia que trajeron los inmigrantes y de la pujanza económica de la ciudad.

Sólo hasta 1960 se empezó a construir en la zona de Bocagrande, un largo brazo de tierra que se sustenta sobre antiguas formaciones coralinas y que hoy es la franja hotelera más importante de la ciudad, con modernas y grandes construcciones.

El puerto, fortaleza y conjunto monumental de Cartagena, fue declarado en 1985 Patrimonio de la Humanidad, siendo considerada una de las ciudades más hermosas del mundo. Y no es para menos.

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Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de foráneos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

 


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