Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano...

¿Cómo no enamorarse de Cartagena? ¿Cómo no dejarse llevar por el ritmo cadencioso de sus tardes, de la penumbras de sus calles y plazas, del arrullo de las olas o el murmullo sosegado del mar al otro lado de las murallas?

No hay quien se resista a la sonrisa generosa de las gentes, a esa manera descomplicada de asumir la vida, en que lo único que importa es el goce del presente. Consiste solamente en imitar el aire desenvuelto con que los lugareños evocan todo el sentir tropical de sus orígenes, o los chapoteos de los niños que aprenden a pescar, en un juego libre con el agua y el sol que parece imposible. Cartagena está increíblemente viva, y nos invita a vivir con la misma fuerza e intensidad a cada paso que damos. Sólo hay que abandonarse a la sensación de la arena bajo los pies descalzos, a la brisa que nos acaricia sobre las murallas o a esas noches de luna que se aplasta anaranjada contra el mar.
Esta ciudad es un lugar maravillosamente sensual y romántico, ya sea porque nos permite sentirnos libres, porque las ropas ligeras que vestimos acceden a dejarse llevar tímidamente por la brisa, o por la capacidad que los cartageneros tienen para abandonarse a la inmediatez de lo cotidiano y lo sabroso.

Cierto alemán que acampó en Cartagena hace ya más de dos años le explicaba a un coterráneo suyo qué era lo que le gustaba de esta ciudad rodeada de mar y piedra. Él le decía que era la gente, ese ir desordenado y alegre por la vida, sin preocuparse de lo que pueda ocurrir mañana, quizás soportando una pobreza material que se les hace leve en las canciones, el baile y la sonrisa. Es una manera de asumir el mundo que no acepta las prisas ni las preocupaciones y que se cuela por entre los balcones, las calles y los muros de piedra hasta que se pega en nuestra piel y se introduce en el corazón.

Nos invita a caminar tomados de la mano por las nostálgicas murallas mientras el sol cae en anaranjados sobre el mar, nos lleva a imitar los ritmos de los tambores en una dulce danza que nos devuelve la conciencia de nuestro cuerpo y nuestro sentir.

Esto hace con nosotros Cartagena: nos enseña con dulzura el valor de todo lo que agasaja nuestros sentidos y nuestro espíritu y nos convida a descubrir esas memorias de piel y alma que nos acechan desde el fondo de nosotros mismos, devolviéndonos la capacidad de la emoción y la dulzura.

Siguiente 1 2



Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.




Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de for‡neos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.



Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

 


© 2000, Colombia 2000 / Fondo de Promoción Turística