El Bodegón de la Candelaria, una de las casas más tradicionales de la ciudad, ubicada en la Calle de las Damas, nos ofrece una maravillosa ensalada marinera denominada Mariscos Neptuno, la delicada Terrine de Poissons y la mejor langosta en salsa de camarones que es posible degustar.

Pazza Luna, sobre la plaza de San Diego, es una simpática pizzería gourmet, donde nos aseguran que el mozzarela es hecho en casa, y cuyas pizzas de Anchoas y de Brócoli no tienen comparación.

Fellini, también sobre la plaza de San Diego, restaurante italiano al que son allegadas grandes personalidades de nuestro Jet-set criollo y cuya barra de antipasti es inigualable.

El Café de San Pedro, frente al atrio de la Iglesia, este restaurante consta de varios ambientes donde se puede conseguir de todo: desde platos al wok, hasta pizzas, pasando por carnes y ensaladas.

Restaurante Árabe, en la zona de Bocagrande, con todo lo que se pueda desear de la comida árabe tradicional.

El Sagrario del Café del Santísimo, en una vieja casona aledaña a San Diego, este restaurante que combina las delicias típicas con la cocina internacional. No se pierda los Pañuelos de Sor Beatríz o los Suspiros de Novicia...

La Noche Larga, en la calle del arsenal, donde nos ofrecen platos del interior de país, como el Ajiaco, así como platos típicos cartageneros.

La Plaza de Santo Domingo, con una multitud de cafés y restaurantes de todas las vertientes y especialidades, para deleitarse con platos ligeros, ensaladas, focaccias, emparedados y antipasti.

De cualquier manera, es el placer de la sobremesa, de los almuerzos largos bañados con ron y despedidos con una siesta, o de las cenas que acaban en grappas y conversaciones trascendentales, el que hace de la comida en Cartagena un momento único. No importa si se trata de un rito de seducción, de tomarse un descanso en medio de la caminata o de reunirse con colegas a platicar. Como nos decía un amigo que vive en Cartagena hace ya un tiempo, la pobreza más grande del hombre no es no tener con qué comer, sino tener que comer solo. El arte verdadero de la gastronomía consiste en lo que pasa en la mesa y no en lo que hay sobre ella, y en esta ciudad mágica siempre ocurre lo mejor.




Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de for‡neos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.


 


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