Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

No hay nada más deliciosos que comer al lado del mar. Si es en la playa, esa sensación del agua salada sobre tu cuerpo y el sol acariciándote constituye la mejor sazón para las frutas, los mariscos y los licores. En Cartagena no hace falta caminar mucho para encontrar una "patillalera" –mujer oriunda del pueblo de Patillal que carga frutas frescas en un gran platón sobre la cabeza -. La especialidad es el mango verde, al que le añaden sal y limón, pero no falta nunca la sandía, que aquí se llama "patilla", ideal para refrescarse; la papaya, la piña, el banano y el melón. Otras frutas, propias de la región, como el zapote y el níspero (imposible describirlas, es mejor probarlas siempre) se unen frecuentemente a las macedonias o, como las llaman por aquí, ensaladas de frutas.

Si no queremos nada dulce, es fácil encontrar, en casetas que se extienden a todo lo largo de la costa, un cebiche o coctail de camarones o mariscos. Pregunte por el puesto de la "Paisa" al lado del hotel Capilla del Mar. No se arrepentirá de la búsqueda. La Paisa vende los camarones y langostinos más frescos de la playa y la combinación de cebolla, tomate y ají de sus cebiches es sencillamente perfecta.

Hay que tener cuidado con las ostras frescas que andan ofreciendo por todos lados unos hombres muy simpáticos: en primer lugar, porque no sabemos qué tan frescas estén las ostras, y luego, porque cuando nos invitan a "una prueba sin compromiso" no quiere decir que no haya que pagar.

Sobre la arena es tradicional el Raspao: una porción de hielo molido al que se le agregan sabores y leche condensada. Especialmente diseñado para los amantes del dulce, nos atrevemos a recomendar el Raspao de Cola. No faltarán tampoco las Cocadas: dulces de panela y coco rallado. Hay de muchas clases y formas, e inclusive algunas se hacen con otras frutas. Asegúrese de tener una buena cantidad de agua a la mano cuando las saboree.

Para los casos de sed extrema, en las casetas que ya mencionamos se consigue toda clase de bebidas gaseosas, cerveza, algunos jugos y licor. El premio se lo lleva el Coco Loco: un coctail preparado con ron y agua de coco y que se sirve dentro del coco original. Bien frío, es todo un placer.

Recorrer a pie la ciudad amurallada y sus alrededores siempre puede verse recompensado por un delicioso jugo en el Muelle de los Pegasos. Una larga calle llena de quioscos en los que se consiguen los mejores jugos de todo Cartagena. No le recomendamos los fritos de esta zona. Es mejor averiguar por los fritos de Manga o del Pie de la Popa. Los fritos, comida popular cartagenera, incluyen la arepa’e huevo, las carimañolas, las papas rellenas, los kippes (de herencia árabe) y los palitos de queso, entre otros, que se fríen en grandes pailas de aceite muy caliente.



Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de for‡neos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.


 


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