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Todo el encanto de aquellos cuartos de
san alejo repletos de antigüedades
navales y objetos que dan testimonio de
otras épocas.
Esta ciudad evoca sin descanso esas épocas
en que la vida tenía un ritmo diferente
y los usos y las costumbres permanecían
atadas a las herencias y las tradiciones.
Las muchachas se asomaban a las ventanas
para dejarse cortejar, había un constante
ir y venir de marinos y militares, y lo
único cierto y seguro eran los ritos
que se mantenían en las familias
a la hora de las grandes fechas y del transcurrir
de cada día.
Los objetos formaban parte indiscutible
y tal vez mucho más importante que
ahora, de esa relación estrecha con
la cotidianidad. Es por eso que uno de los
encantos de la Cartagena contemporánea
es encontrarse a cada paso con una tienda
de antigüedades. Todas ellas cuartos
de San Alejo, repletas de preciosos objetos
que han viajado por los siglos hasta nosotros,
que los contemplamos con veneración
y respeto.
Estos lugares mágicos guardan la
memoria de manos y tafetanes, como pequeñas
bibliotecas en donde se puede leer la manera
como las jóvenes usaban los aguamaniles,
el orden de la vajilla en las grandes ocasiones,
la forma como se tomaba el vino o la disposición
de los candelabros a la hora de rezar. Cuántos
alientos empañaron los espejos, y
con qué emoción se empuñaría
esta pluma para escribir cartas de amor...
Son tantos los misterios que encierran estos
objetos y muebles del pasado, que nos seducen
como encantamientos.
Como queriendo esconderse entre las casonas
que en otra época albergaron estos
tesoros mágicos, las tiendas de anticuarios
de Cartagena, aproximadamente treinta, se
dispersan por el centro amurallado, como
otra de las facetas que hay que descubrir
en esta ciudad de aldabas y balcones.
Hay anticuarios de todas las clases: Los
que persiguen muebles, armarios, grandes
espejos y camas. Otros buscan para nosotros
aquellos objetos íntimos, plumas
y lacres, anillos de familia, pequeños
peines delicados, sombreros y postales.
Los hay que se interesan por la platería
y las vajillas, la lencería o las
lámparas. Los más curiosos
son aquellos que exhiben objetos navales,
vestigios de naufragios y de astilleros.
Hay uno, incluso, que ofrece armaduras,
escudos y espadas, al mejor estilo medieval.
En todo caso, el placer de entrar a una
tienda de antigüedades consiste en
esa sensación de que nos asomamos
por una ventana, como inquietos mirones,
hacia la vida privada de gentes imaginadas,
con la ventaja de que ya nadie bajará
los visillos.
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