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Durante
todo el recorrido, al caminar, nos agasajan
los aromas, los colores deliciosos de los
muros, la vida exuberante de las flores
que cuelgan entre los barrotes de balcones
y ventanas y el encanto sutil de los nombres
que cada callecita lleva como memoria y
testimonio de la vida cotidiana en otros
tiempos.
Unas tres calles más allá,
siguiendo todavía la muralla, al
lado de la antigua sede de la Universidad
Jorge Tadeo Lozano, nos encontramos con
el Teatro Heredia, construido sobre las
ruinas de la iglesia del Convento de la
Merced. Este teatro, de marcado estilo neoclásico,
fue testigo de una gran actividad cultural
y artística hasta mediados del siglo
XX. Permaneció abandonado hasta hace
cinco años, fecha en que se inició
su restauración. Hoy es un importante
centro cultural y el más hermoso
de la ciudad.
Dos
calles más, y a nuestros ojos se
presenta, ineludible, el Convento de Santa
Clara, una importante construcción.
Se construyó durante el siglo XVII
para las monjas clarisas, monjas de clausura.
Su restauración, que lo ha convertido
en un hotel de alta categoría, es
ejemplo de respeto y admiración por
lo que este espacio significó en
otras épocas. Mantiene un gusto impecable
y la conservación de elementos originales
como las bóvedas, las fachadas y
los patios de exuberante vegetación.
Frente al Santa Clara se extiende la Plaza
de San Diego, punto de encuentro para los
gourmets y los amantes del arte. Intima,
acogedora, muy "chic", esta es
otra plazoleta en la que vale la pena detenerse.
Si
seguimos el curso de la muralla que se aleja
del mar hacia el interior, nos encontraremos
con el Cuartel de las Bóvedas. Un
enorme pórtico con 47 arcos de medio
punto que protegen las 24 bóvedas
construidas, que tenían la función
de almacenar pólvora, víveres
y municiones de artillería. Data
del final del siglo XVIII y es ocupado actualmente
por una pintoresca serie de tiendas de artesanías.
Si le da la vuelta a la muralla, encontrará,
del lado de la Bahía de las Ánimas,
la antigua plaza de toros, construida en
madera y con un aire encantador de antigua
filigrana.
No podemos olvidar la zona de Getsemaní,
con sus pequeñas casitas de aire
andaluz, los estrechísimos andenes
y la vida cotidiana de sus gentes, los patios
en sombra y las ventanas abultadas, a través
de las cuales las matronas conversan con
sus vecinas o compran a los vendedores ambulantes
algún ingrediente para el almuerzo.
Si aún queda tiempo y ganas de caminar,
hay que visitar el barrio de Manga, cuya
primera casa - quinta se construyó
a principios del siglo XX, al lado de una
fábrica de cerveza. Allí se
encuentra el Fuerte de Pastelillo, pequeño
y muy bello, construido en el siglo XVIII
con el fin de cubrir la entrada del contrabando
y las naves enemigas a la Bahía de
las Ánimas. Funciona hoy en día
como el Club de Pesca, uno de los muelles
para veleros más importantes, y un
exquisito restaurante cuya especialidad
son los frutos del mar. Del fuerte nace
un paseo peatonal que ofrece una vista espléndida
sobre la bahía y los barrios de Bocagrande
y Castillo Grande.
Lo importante de los recorridos que se realicen
por Cartagena será siempre la plácida
alegría que nos dejará en
el alma, al final de la tarde, tras enumerar
las sorpresas deliciosas y los incomparables
detalles que nos ha regalado entre los pórticos
y los enlosados. Ya tranquilos, apagando
la sed con un jugo de níspero o una
cerveza, contemplaremos el cielo colorado
con olor a caribe, mientras agradecemos
al destino y al azar por permitirle a Cartagena,
ante todo, permanecer.
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