Si toma el otro camino, hacia el interior de la ciudad, se encontrará con la catedral y la Plaza de Bolívar. La Iglesia Catedral se levantó entre fines del siglo XVI y principios del siglo XVII. Ha sufrido numerosos cambios tanto en su fachada como en su interior, aunque en los últimos años se ha restablecido su apariencia original. Se destacan su altar mayor, en madera dorada y un púlpito de mármol de elaborados relieves.

Al lado del atrio no es dificil encontrar las estampas de todos los santos conocidos y algunos ignorados. Hay que aprovechar para encomendarse al santo, ángel o arcangel predilecto, como la Virgen del Carmen, señora de los viajeros y navegantes, o la de la Candelaria, patrona de la ciudad.

En la Plaza de Bolívar se halla el Palacio de La Inquisición, importante edificación del siglo XVIII. fue construida para la Santa Inquisición Española como despacho, tribunal, sala de tormentos y prisión. Permaneció abandonada durante casi cien años. No obstante, conserva su diseño original y hoy en día es la sede del Museo Colonial. Actualmente se encuentra en restauración. Vale la pena sentarse un rato a la sombra de los palos de mango de esta plaza, comerse un raspao o una fruta y observar el ir y venir de las gentes. Sobre el marco de la plaza se encuentran, además, un simpático cafecillo francés, la sede del Concurso Nacional de la Belleza, la blanca Gobernación con sus arcadas, y la sede de la oficina de turismo de Cartagena.

El recorrido puede extenderse hacia el poniente, con la muralla de fondo. Ahí se topa uno con la calle Santo Domingo, por la que se adivinan, hacia el norte, la plaza y la iglesia del mismo nombre. Recién restaurada, la iglesia nos recibe con sus losas frescas y oscuras y es ideal para una misa de gallos, con su aire de misterio y silencio entre sombras. Afuera, se encuentra una de las plazas más "chic" de la ciudad. Ahora vigilada día y noche por Gertrudis, la escultura que nuestro talentoso Fernando Botero donó a la ciudad, esta plaza goza de un ambiente de tertulia y plácida espera, como la de las terrazas de alguna ciudad europea en el verano. Claro, con las variantes tropicales que le corresponden. Rodeada por deliciosos cafés, bistrots y restaurantes, sentarse a saborear una copa de vino o un habano, una ensalada de prosciutto o un vaso de ron, constituye un regalo exquisito. Y cualquier cosa puede suceder. Desde una invasión de Hare Crishnas hasta la presentación de una operetta, pasando por mariachis, payasos, tríos de jazz o un astuto cuentero. Cualquier cosa, sazonada con el inconfundible y alegre color local.

Desde ahí hacia el interior la ciudad se torna diferente, más local, más viva. Cerca, se encuentra la Universidad, con su plaza llena de jóvenes y algunas plazoletas donde los niños juegan al fútbol o las comadres conversan con ese tono despreocupado e irreverente.

Continuando con el trazado de la muralla, se llega a la Calle de la Factoría, donde, entre otros tesoros arquitectónicos, se encuentra la Casa del Marqués de Valdehoyos, cuya hermosa fachada, la amplia escalinata, los sombreados corredores y el jardín interior, los grandes salones y el romántico mirador, son reflejo vivo del esplendor en que vivía la nobleza local durante la colonia. En esta casa funcionan actualmente el Fondo Mixto de Promoción Turística, la Oficina de La Corporación Nacional de Turismo y la sede alterna de la Cancillería.

 

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Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de foráneos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

 


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