Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.


Existen miles de maneras de recorrer a Cartagena. Tal vez la mejor de todas sea dejándose llevar por la intuición y la curiosidad, el color de las fachadas, alguna cúpula que se asoma, ese sonido encantador o cierto aroma hipnótico. De cualquier manera, es necesario caminar despacio, alzar la vista a menudo hacia los balcones cargados de flores, evitar con cuidado a los vendedores de mango verde con sal, a las señoras que se abanican en mecedoras a la puerta de su casa, a los oficinistas que pasan deprisa y a los turistas despistados. La mejor hora para caminar es la tarde, después de una siesta reparadora y cuando el sol se agacha un poco detrás de las murallas. En ese momento la brisa despeja el aire con su olor a sal y almizcle, y los tonos de las paredes se hacen más amables y complacientes. Es el momento para sentarse en alguna plaza sombreada, recorrer algunas calles y detenerse a curiosear entre las casas y las iglesias. No hay que preocuparse si la calle gira de pronto y volvemos al sitio de partida, o si la muralla se nos atraviesa a cada rato. En cada esquina se encontrarán siempre tesoros irrepetibles. Sólo hay que estar atento y ceder ante las tentaciones.

Todo puede comenzar en la Torre de Reloj, la entrada principal a la ciudad antigua, reconstruida a principios del siglo XVIII, y que consta de tres resistentes bóvedas. El reloj y su torre fueron agregados a finales del siglo XIX. Justo al frente, ya dentro de la ciudad amurallada, nos hallamos en la Plaza de los Coches, donde se encuentra el Portal de los Dulces, largo corredor abovedado en el que mujeres grandes y sonrientes nos ofrecen toda clase de golosinas típicas de la región. En la noche, cafés y discotecas se adivinan entre los balcones.

Avanzando pegados a la muralla encontraremos a continuación la Plaza de la Aduana, antigua Plaza del Muelle, amplia, soleada y abierta. Más adelante, siguiendo a la muralla, una bonita sorpresa nos espera: el Museo de Arte Moderno y la deliciosa Plaza de San Pedro Claver, situada frente a la iglesia y al claustro que le dan su nombre. El convento y el colegio fueron levantados a principios del siglo XVII, por encargo de la Compañía de Jesús, en una gran edificación de dos pisos, hoy ocupada parcialmente por el Museo Naval. La iglesia, que contiene los restos de San Pedro Claver, se agregó a principios del siglo XVII. Se considera la más importante de la ciudad y su cúpula sobresale desde cualquier perspectiva. El Claustro, abierto al público, posee un patio central sombreado por grandes árboles y dividido por una magnífica espadaña.


De ahí, existen dos opciones. Es posible seguir el recorrido de la muralla, hacia el mar, por el costado norte de la iglesia, hasta las plazoletas conformadas por el Hotel Santa Teresa (antiguo monasterio), el Museo Naval y el baluarte. Es imperativo subir al baluarte, donde puede comerse algo a la parrilla, bailar, tomar un trago, bailar, o, en noches de suerte, escuchar jazz. Hay que aprovechar la vista desde lo alto de los muros, atravesar el puente de madera, otear el horizonte en busca de buques o pescadores, besar a alguien en el atardecer.

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Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de foráneos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

 


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