Una costumbre que no decae entre los jóvenes es la de reunirse en los muelles del Laguito, Bocagrande y Castillogrande, para escuchar música, ligar y ponerse a tono, antes de ir a bailar.

Existen otras opciones, un poco más "turísticas": la Chiva Parrandera, especie de autobús local en el que se toma ron al ritmo de una movida Papayera (pequeña orquesta integrada principalmente por instrumentos de viento y que suele interpretar música popular bastante alegre), mientras se hace un recorrido por la ciudad; el paseo en yate o velero por la bahía; el trayecto en coche por la ciudad amurallada, bajo la guía de un cochero "chambacunero" (como canta el bolero), entre otros planes que seguramente le ofrecerán mientras camina por la ciudad o las playas.

Para los amantes del juego y la adrenalina, cuatro casinos se mantienen abiertos para permitirles ponerse a prueba con la suerte: el Casino del Caribe, en el Laguito; el Casino Dorado Plaza, en el Hotel Cartagena Plaza, el Casino Fantasía Tropical, en Bocagrande y el Casino Royale en el Hotel Caribe.
Si ya le cerraron todos los bares y en las discotecas no encuentra espacio, en la playa de Bocagrande, frente al Hotel Caribe, siempre es posible contratar un grupo vallenato que le acompañe con sus acordes hasta que el sol esté bien alto.

Lo maravilloso de las noches en esta cálida ciudad es que no existe restricción para las horas o los antojos. Es muy fácil que el amanecer lo sorprenda bailando, y, en ese caso, no se pierda la salida del sol caribe, que se asoma lentamente sobre el Cerro de la Popa: un sutil regalo de Cartagena que aguarda por usted.

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Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.



Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.





Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.





Algunos relatos y confesiones de foráneos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.




Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitect—nicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.



Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.

 


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