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Algunos relatos y confesiones de foráneos
que fueron seducidos por las murallas y
los balcones.
Una suma irrepetible de sensaciones
Sandra Quintero, comunicadora social mexicana.
¿Cómo te sentiste cuando llegaste a
Cartagena?
Es maravilloso en Cartagena cuando entras
al Corralito. Esto de traspasar la muralla
por las entradas originales, era la misma
sensación que me daba entrar a Aviñón o
a cualquier ciudad amurallada del medioevo.
Es muy raro sentir una ciudad así en América,
encontrar una ciudad de herencia medieval,
amurallada, en un ambiente tropical, cadencioso,
rico, y con todos esos colores. Encontrar
tanta vida, porque es un centro histórico
muy bien conservado, muy turístico, pero
que al mismo tiempo es habitacional, donde
vive y convive gente de escasos, medianos
o muy altos recursos, lo que lo hace muy
especial. Esto pasa en áreas como Santo
Domingo, que es muy "in", con todos los
bares y almacenes divinos, pero que, al
caminar cinco calles te encuentras con los
barrios donde vive la gente, muy limpios,
muy bien conservados, donde juegan fútbol
en la calle y todo el mundo está en shorts
y ves las mujeres con sandalias; te da la
sensación de un lugar muy vivo y muy lúdico
y que tiene algo para cada quien. Es algo
nostálgico, los colores, como para echar
la pachorra.
¿Qué fue lo que más te gustó y disfrutaste
de Cartagena?
La belleza arquitectónica de la ciudad.
Arquitectónicamente es muy, muy, muy bonita.
Las iglesias son bellísimas, las casas,
los balcones llenos de flores, esa sensación
de que tienes un gran cofre que trae adentro
otros cofrecitos, porque me daban ganas
de asomarme por entre las puertas para ver
qué podía entrever del zaguán o a través
de la ventana; como que está llena de sorpresas.
Otra cosa que tienen los cartageneros, la
gente del pueblo, es esta vida a puertas
abiertas, que puedes ver a través de los
enrejados de las ventanas la decoración
de las casas, si están viendo la tele, si
están cenando, si están peleando; esta vida
muy hacia fuera es también muy agradable
pues te contagia la informalidad y te sientes
bienvenido. Es una ciudad llena de detalles,
de miles de cosas que te seducen la vista:
las puertas, las aldabas, las pequeñas placitas,
las sombras que se dan en ellas y ese sol
intenso que llena de color todas las cosas.
¿Caminaste mucho?
¡Hasta que se ampollaron los pies!
¿Cómo fueron tus recorridos?
Fue muy raro, yo no pude orientarme nunca,
porque la traza no es reticular, es más
bien como andaluza, de plaza fuerte; entonces
trataba de realizar un recorrido y regresaba
a los mismos sitios, pero yo creo que eso
es parte del encanto. Es como un pequeño
laberinto que tu vas descubriendo, y que
de repente regresas al mismo sitio, pero
de repente sales a una calle que no te imaginaste
y que se sale del circuito turístico, y
eso me gusta, que no esté dividido lo turístico
de lo habitacional. De esta manera, cada
paseo era una aventura, "a ver con qué me
encuentro", con la presencia constante de
la muralla y el mar detrás. Y poderte subir
a la muralla y ver el mar y poder imaginar
un poco cómo habrá sido esa Cartagena del
XVII y XVIII con los barcos que llegaban
y las voces y los sonidos y los olores...
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