"Hoy se me ocurrió un nuevo grafiti". Con este comentario nos recibe Urico para una improvisada entrevista sobre su oficio de grafitero. Los muros de la Galería Virtual de Utópica Ediciones no escaparon a la lata de aerosol de Urico y nos ha dejado tres de sus mejores creaciones. La siguiente es la transcripción no editada del diálogo que sostuvimos sobre su oficio creador:

Ante todo eres un paseante urbano. ¿Cuál es el proceso de creación de tus graffittis? ¿Encuentras una pared que te seduce e inspira o es el proceso inverso, creas el graffitti y luego localizas la pared que mejor puede comunicarlo?

El proceso de creación es absolutamente adventicio, es decir, brota de una manera inesperada y no deliberada. Prefiero hablar de muros en lugar de paredes. La idea de muro me parece más adecuada para transmitir lo que simboliza el grafiti. El muro por naturaleza es un símbolo público, mientras que la pared es más ambigua y puede ser parte de un ambiente privado que no es justamente el adecuado para los grafitis. Algunos muros me seducen pero dejo todo en la imaginación porque si procediera a poner el grafiti, pienso que toda la espontaneidad y belleza del cuento se esfuma en la "puesta en escena" en el muro.

Urico, ¿quiere esto decir que tus grafitis en nuestro muro virtual son, de alguna manera, un acto impúdico?

Por el contrario, me evitan la impudicia de tener que exponerme a ser aprendido por las "fuerzas del orden". Este muro virtual evita que mi actividad sea onanista.

Primer grafitiCreo que abres la discusión para hablar de los valientes que toman sus latas de spray y se lanzan a la calle. Creo que la pregunta es obvia... ¿No extrañas la sensación del aerosol fluyendo de tus manos?

Extraño más que la sensación estético-motriz, la sensación de temor ante la presencia de un policía que perturbe mi cotidianidad. Si efectivamente pusiera grafitis en los muros sería buscando esta sensación de desafío "moral" antes que de gratificación estética. Y creo que los riesgos que una persona como yo corre al ser aprendido son mayores que la satisfacción que de todas maneras me produce ese encuentro afortunado, esa serendipity con la idea del grafiti. De alguna forma al concebir un grafiti pienso que es algo parecido a lo que le ocurre a un caricaturista. Hay una chispa repentina, y esa chispa en sí misma vale más que su eventual publicación.

Bueno, apreciado Urico, un observador externo (como yo) diría que estamos ante un caso en que prima más el temor que la voluntad de comunicar, que prefieres el amor platónico al amor de los amantes audaces que se lanzan a invitar a la muchacha al baile. Creo que sería de singular belleza una filmación nocturna tuya vestido de gabardina, sobrio, recién salido de un cóctel, por ejemplo, y desenfundando tu lata de aerosol. ¿Qué piensas de esto?

Absolutamente de acuerdo. Si mi acto, y no solo el grafiti, se hace público, entonces sí me la juego toda. En verdad es sólo así que considero que mi comunicación es completa. Mientras siga siendo anónima no me interesa mayormente, pero si es con bombos y platillos no le temería para nada a las consecuencias o retaliaciones de la autoridad pública (eventualmente).

Me recuerdas una de las historias entre Hermes y Apolo. Para simplificar, Hefestos planea una trampa para descubrir a su bella esposa siéndole infiel con Ares. Una vez atrapados, Hefestos grita tan duro que todos los dioses del Olimpo llegan a la escena y Apolo, en una de esas jugadas de mal gusto que te quieren llevar al orden ante la opinión pública, le pregunta a Hermes que si a él le gustaría ser descubierto de esa manera. Hermes, señor de los caminos, le responde que Apolo no alcanza a imaginarse la envidia que siente por no estar en el lugar de Ares, abrazado con la bella Afrodita y, lo que es mejor, ante la mirada envidiosa de los otros dioses. Creo que algo parecido es tu caso.

En la forma sí, de hecho. Pero a diferencia de la narrativa griega que tiene un mensaje pedagogizante, en la medida en que se trata de sancionar la aventura de Ares, en mi caso no habría un goce que partiera de la conciencia de contribuir con mi sanción a una pedagogía cívica sino de manifestar una forma de conducta que, si los dioses por fortuna quisiesen, podría ser ejemplarizante.

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