Segunda parte de la entrevista

(continuación de la entrevista)

También aparece una pareja abajo, una montaña roja, algunas casitas. Una playa repleta de conchitas, estrellas de mar; toda una cosmología creada por ti. Además encontramos un auténtico cielo estrellado. Estos son elementos característicos de tu obra, ¿verdad?

Sí, lo son porque me interesa la interacción de los elementos de la naturaleza como un todo.

Pero son frecuentes las imágenes de mar, como queriendo enfatizar tu visión sobre los primeros habitantes de América, además de que por fortuna nos regalas unos hermosos y maravillosos personajes de ojos abiertos, rasgados, con una mirada siempre atenta y curiosa.

Reitero estos símbolos porque son el punto de encuentro más evidente dentro de las dos culturas, la llegada a través del mar. El espacio en el que siempre pienso es la Sierra Nevada de Santa Marta, siempre pienso que ellos tuvieron que llegar por allí. Por ello también desde ahí siempre salen las montañas.

Lo que más me llama la atención es que a pesar de que existen estos elementos caribeños, al menos yo no tengo la percepción de algo caribeño, o algo netamente caribeño, sino de un entrecruzamiento pictórico cultural; de alguna manera, si hicieran falta pruebas sobre tus teorías, tus cuadros harían ver que estás en lo correcto, pues logran dar de manera eficaz la sensación india.

América, y en particular la Sierra, ya estaban cartografiadas por los antiguos indios como la región de Pataldesa, o Patalas (región de las nagas o serpientes encantadas), a donde fue exiliado hace 15.000 años Ravana, el monarca de los racksasas o demonios, episodio que se narra en el Ramayana. Aunque la Sierra Nevada es el espacio de los cuadros, todavía no se había desarrollado en ella esa cultura caribeña que conocemos hoy. En este sentido, el cuadro es fiel a lo que había en el momento. De hecho, quienes viajan en los huevos cósmicos son los padres de los Tairona, quienes aún siguen siendo adoradores de Shakti, la madre divina.